Me gustaría contestar esta importante pregunta leyendo partes de una carta que se explicara por si misma, la envía el Dr. Lothrop y esta fechada en New York, diciembre, 1947
“En 1924, cuando viajé de Nueva York a Tierra del fuego, nadie, excepto los cartógrafos; conocía el nombre de Paracas y solamente un pequeño grupo de arqueólogos conocía, igualmente, el nombre de Julio C. Tello. En julio de 1925, fui de Valparaíso al Callao para atender algunos negocios en Lima. Cuando terminé esa misión, me encontré con la novedad de que no habría ningún barco hasta pasadas dos semanas. De esta circunstancia aproveché para presentarme ante el doctor Tello en el Museo de Arqueología de la universidad de San Marcos y le sugerí realizar un pequeño viaje al sitio que él escogiera con el dinero sobrante de mis excavaciones en la Argentina.”
Continúa el Dr. Lothrop, detallando el itinerario de ese viaje en los siguientes términos:
“Yo recuerdo que ese día, 26 de julio, el sol se filtró a través de las nubes por pocos minutos, justamente cuando nosotros llegamos al sitio, iluminando los fragmentos de tejidos de varios colores que habían sido largamente expuestos al aire y que se deshacían al tocarlos. Ni el doctor Tello ni yo nos dimos cuenta de lo que habíamos encontrado, ni podíamos prever que las excavaciones efectuadas en lo siguientes años formarían el núcleo del gran Museo que existe en Magdalena Vieja. En 1925, Paracas era un lugar difícil de alcanzar, y los propios huaqueros no lo habían tocado aún. Nosotros no teníamos noción de esto. Mi principal interés, por el momento, estuvo en observar el espléndido colorido de los tejidos quebradizos, los cuales sólo se podían mirar, pero no transportar. EI doctor Tello daba voces de admiración por los cráneos deformados que encontraba desparramados en la superficie de las tumbas saqueadas por los huaqueros y profería exclamaciones de alegría por el hallazgo de cráneos con enormes trepanaciones. Estos cráneos plantearon un problema: el doctor Tello necesitaba llevar una colección a Lima; nuestro auto estaba excesivamente cargado con cuatro personas, sus equipajes y los materiales arqueológicos recogidos en otros lugares del viaje; el único sitio libre era afuera: en los estribos y encima de la capota; allí atamos los sacos con docenas de cráneos humanos, deformados y trepanados, que formaron la primera colección de Paracas.”
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